El loro y el perro
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Dos familias vivían en un chalet adosado y compartían amigablemente el jardín, común a las dos viviendas. Una de las familias tenía un perro y la otra, un loro. Los dos animales se llevaban muy mal: el loro le decía cosas horribles al perro, y el perro se la tenía jurada al loro.
Una tarde de sábado la familia dueña del loro salió de casa para asistir a la boda de un amigo. A media tarde, la señora dueña del perro vio por la ventana de la cocina que este llevaba en la boca algo sucio, lleno de tierra y barro: sus terribles temores se cumplían, lo que tenía en la boca era el maldito loro destrozado. Inquietísima, intentó una solución: cogió el loro y lo lavó, lo puso decente y presentable, lo acomodó en su jaula y lo dejó allí como si estuviera dormido. Por otra parte, también a los loros –pensaba– les llega su hora; estaba convencida de que había llegado el fin del maldito loro y el perro había sido «el ejecutor».
Al día siguiente, esperaba preocupada la llegada de la familia vecina. Estuvo atenta para verlos llegar. Por la tarde, oyó grandes gritos y comprendió que habían descubierto al loro muerto. Se acercó amigablemente a sus vecinos y mirando al loro quieto como nunca había estado con las plumas brillantes y limpias, dijo: «no sé por qué gritáis tanto, también los loros tienen un ciclo vital, y está claro que a este le había llegado la hora». «No gritamos por eso –respondió la vecina–, lo que nos asusta y nos parece incomprensible es cómo está ahora ahí, en la jaula, porque el loro se murió hace varios días y los niños lo enterraron en el jardín».
Todo habría sido más fácil si hubiera contado sencillamente la verdad. La mentira forma siempre un laberinto del que casi nunca se sale airoso.