¡Agua, agua!
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Es la época de la colonización española del continente americano -todavía por el siglo XVI-, cuando las naos se aventuran a recorrer las costas poco conocidas de América del Sur hasta llegar al punto más austral.
Tras un naufragio, un reducido número de españoles logra sobrevivir en una pequeña embarcación. Pasan los días y el tormento de la sed se ceba con ellos. Da el sol de plano, el mar presenta una calma desesperante, y el sufrimiento es mayor precisamente por estar contemplando hora tras hora agua por todas partes. Pero como gente experimentada, saben que el agua salada no haría, en el caso de beberla, sino aumentar la sed.
De pronto ocurre lo que parece milagroso.** Una nave va a pasar muy cerca de ellos, y los ha avistado**. Cuando ya están cerca, los náufragos gritan pidiendo agua; no son capaces de esperar a estar a bordo.** A los gritos de «¡agua!», responden los del barco con señas de que la tomen del mar.** El desconcierto es total: ¿se quieren burlar de ellos? Pero ante la insistencia de los salvadores, deciden probar el agua sobre la que viven desde hace días… y es perfectamente potable.
Luego se enterarán de que se encuentran en las cercanías de la desembocadura de un gran río de América del Sur. El caudal de agua de este río es tal que puede beberse agua dulce a muchos kilómetros de la costa.
Estamos rodeados de Dios por todas partes. Vivimos junto a Él. Y quizá sufrimos de sed por no saber hasta qué punto se halla cerca de nosotros.